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Sirena, por Irene Gruss

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Ahora que todavía puedes, canta tu delirio; después, sirena encantada por marinos atados a un poste, después, sirena de voz dulce y corazón tenebroso, incapaz de sostener no la nota sino la cordura –elige el mar, no el barco–, después, elegir será más tarde que inútil: tu canto, sirena, te desviará a ti misma, te perderás ahí en cubierta, en la orilla o allá, en tu casa. Aprovecha la garganta, ahora que no tienes pies en la tierra, marea y ensordece el oído del humano hasta que se canse, hasta que te canses, y el estruendo sea como el de un barco que encalla en el ojo de la tormenta, no en el sonido cabal de la tormenta. O canta esa suave y triste canción que te sabes de memoria, hasta que el agua misma se confunda, o aquella que habla de cosas alegres, cosas que duran, cosas reales, imaginarias, y tu voz suene tan real o imaginaria que consterne. Hazlo ahora, sirena, ahora que la prudencia, como la noche, llama...

Irene Gruss, la poesía firme y alada.

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La conocimos en los años ochenta, en la casa de Abelardo Castillo. Era firme, tenue, lejana y, al mismo tiempo, una mujer tan bella como sus alas de erizo. Su sonrisa siempre fue suave relámpago, como la música profunda de su poesía. Vamos a extrañar a Irene, como se extraña a un amor que, de tan luminoso, cuesta siempre abrazarlo. Colectivo Estrella del Oriente XIII Mi madre me acuna. Canta y el aire le sale por la boca. Inhalo por la herida, mi madre sabe de estas cosas: cierra su boca, esta forma cruel de respirar, guardar el alma Mientras tanto Yo estuve lavando ropa mientras mucha gente desapareció no porque sí se escondió sufrió hubo golpes y ahora no están no porque sí y mientras pasaban sirenas y disparos, ruido seco yo estuve lavando ropa, acunando, cantaba, y la persiana a oscuras. El jardín ¿Estás cansada del viaje, Diana? ¿Dejaste las valijas y te asomaste a ver el sol en tu jardí...