A Gabriela Pesclevi Había una vez un libro que vivía feliz en una pequeña, muy pequeña biblioteca, ubicada en el cuarto de Paula y Juan. Era un libro alegre, simpático, de hacer amigos. Además de muy jovencito por ser un libro recién escrito, de páginas blancas y tinta fresca. Por eso, no había tomado todavía ese perfume que tienen los libros viejos, de páginas amarillas, que también los había en la pequeña biblioteca de Paula y Juan. Todas las noches, después de la hora del cuento, cuando los chicos estaban dormidos, “El Mensajero”, que así se llamaba este libro, se juntaba con otros libros para charlar un ratito. Era común verlo con “El Diccionario”, un libro grueso, bien educado, aunque un poco –apenitas– fanfarrón… porque era el único libro que conocía todas las palabras. También solía juntarse con “La R”, un libro nacido en otro país y que había viajado muchísimo. Aunque este libro, al igual que los demás, tenía una tapa, un nombre y esas cosas, nadie lo llamaba por su no...