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No se puede matar a la lluvia, por Juan Carlos Capurro

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  No se puede matar a la lluvia. ¿Pero sería posible manifestarle nuestra indiferencia? La lluvia no se enteraría, pero la satisfacción que da el desprecio hace crecer, en ciertas almas, una secreta alegría. No podré dominarte ni tenerte, pero a mí no me importa.  En la novela “El Llovedor” de Marcelo Rubio sucede lo contrario. Un pueblo necesita acabar con la sequía, y entonces, aunque odia la lluvia, como todo amante al amado elusivo, convoca a un extraño experto para producirla. Una vez que entramos en ese pueblo, entramos en su lógica. Una lógica no calculada, por la que terminamos en un laberinto que se presenta, al inicio, como un paseo lineal, llevado por calles inocentes. La magia de esta novela es que nada de lo que esperamos sucede, hasta que ocurre. Cuando ya no lo esperamos.  Lo mismo le sucede a sus queribles personajes, que recuerdan tanto a esos hermanos impasibles del lejano altiplano: nunca sabemos que estarán pensando. ¿Van o vienen? ¿El que hace llover ...

En el altar del Yo, por Juan Carlos Capurro

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  El catedrático de la Universidad de Leeds, Glyn Thompson, asegura que Marcel Duchamp es un impostor. Fue la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven la que inventó  la primera obra “conceptual” del siglo XX.  Según constancias esgrimidas por Thompson, un año antes de la presentación en sociedad del Mingitorio, la baronesa habría presentado un objeto (caño de baño retorcido) denominado “Ornamento perdurable” - Enduring ornament -, lo que podría ser considerado el primer readymade  de la historia.  ¿Modifica esto la historia del arte? No en lo sustancial. Ya Leonardo Da Vinci decía que la pintura es un tema del cerebro, no de la mano. Cosa mentale . Considerar como novedad lo conceptual no es, en principio, ninguna novedad. Toda obra humana requiere de un plan previo. Es decir, comienza en la mente, partiendo de una materialidad previa, para transformarla. La ejecución puede adoptar las más diversas formas. Sería entonces más exacto decir que la baronesa von Freyta...

Bocetos del mundo que se alumbra, por Juan Carlos Capurro

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  La máquina de detectar lo adecuado no suele pasar por donde crece lo sublime. Ella está ocupada en clasificar. El arte, decía Marcel Schowb, siempre desclasifica. El reciente film realizado por Damián Roth sobre su padre puede confundir a la máquina. La película podría clasificarse como adecuada, pero es una obra excepcional. Uno tiende a sospechar que el propio autor no se haya dado cuenta de la inmensa tarea creativa que ha logrado. Es evidente que hacer un film sobre el reconocido artista Pedro Roth coloca al autor ante una trampa. El personaje, por sus características, desborda la pantalla. Doblemente compleja la tarea, en este caso, al ser el hijo del sujeto de la obra quien la realiza. Durante siete años, Damián grabó a su padre. Lo acompañó en sus viajes. Lo dejó hablar libremente. Y, con gran sensibilidad, lo filmó, muchas veces, sin que su padre lo supiera.  El resultado de esta decisión cinematográfica de estar, sin que parezca, es un acierto. Pedro Roth, polemista...

Poemas chinos, por Alberto Laiseca

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  LA GRAN MURALLA No es su costumbre, pero la garza amarilla desplegó sus alas e inició anoche un vuelo nocturno. No es frecuente en China; pero a veces ocurre que alguien desarma la Gran Muralla para que el corazón quede expuesto y pueda volver a amar. Yuan Ho. Dinastía Han UN VIEJO MAESTRO Al final de las riberas del Ho, como un genio fabuloso, vivía un Viejo Maestro. Diez milenios duró su existencia, para dibujar cada ideograma demoraba cien años y el largo poema aún no ha terminado. Fan Meng Li. Dinastía Sui  PEQUEÑO GORRIÓN Mi amada no conoce jaulas; va y vuelve cuando se le ocurre. No te cantaré cuando te hayas ido, pequeño gorrión salvaje. Te canto ahora que me amas.     Shen Chin. Dinastía Wei EL TRUENO DE LA SEDA Escucho el trueno de la seda, miro el brillo deslumbrador de una piedra opaca, y huelo las escamas del pez de madera. Sin embargo, no supe sentir a tiempo tu corazón.    Lu Ch'iu. Dinastía Hsia.

Un cielo gris, la génesis que nos desborda

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  En las aguas de las correcciones políticas andamos, intentando un pie forzado sobre un lecho moral que nos resulta holgado cuando cae sobre el cuello de los otros. Nos amparamos en la palabra amor cuando miramos a nuestros hijos, como si el acto y el lenguaje fueran el mismo momento, tuviesen la misma intensidad. Del reencuentro de dos hermanos en una casa de campo, sobrevendrá la sombra de la tragedia moderna: sus hijos han cometido una aberración. Esos seres pequeños que amamantamos con ternura y canciones de granja, que escondimos adentro de nuestras costumbres y precauciones para mejor resguardo, al fin han aprendido, y ya tienen sus propias garritas con las que despertar a la crueldad que -con una ingenuidad de Disney- creímos que ellos no, que ellos nunca. ¿Qué debe decidir un padre frente a eso que llamamos "verdad"? ¿Es cierto que la medida de las acciones de nuestros hijos valorará o condenará la eficacia de la crianza que supimos construir? Ni Silvio Astier (aquel...

Ensayo Lorca, el delicado paisaje no se fusila, por María Negro

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  Mara Rojas y Julio Cortés hacen de todo. Exploran las posibilidades del escenario en tantas dimensiones sean posibles: cantan, bailan, ensayan, juegan, bucean, recitan, trasmigran, despliegan el cuerpo y la palabra como dos elementos conjuntos y opuestos; hacen del ejercicio teatral una síntesis de pulsos de vanguardia que nos traen a un Lorca en sus múltiples partes. No como el caleidoscopio que repite de forma fractal la imagen del reconocido poeta, sino como el rompecabezas de hojitas con las que el otoño deshace un árbol, pequeñas porciones de un ser en formas disímiles, inexactas. Con la dirección de Sergio Falcón (a quien pudimos disfrutar ya en Otroska, junto al mismo Julio Cortés y elenco), y basada en la dramaturgia de Samuel Dombek, “Federico… ¿dónde estás?”, la proyección de los signos teatrales de Ensayo Lorca nos entrega con generosidad un caudal de formas que se disponen para provocar la belleza convulsa, la que no se marchita.  Es el Lorca poeta y el Lorca ama...

El bombista, por Marcelo Rubio

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            Para cuando empezaba el nuevo año sabíamos todos los detalles sobre la vida de Eugenio Ceballos. El flaco Ricagni lo siguió por cuatro semanas, tal vez fueron tres, porque si hay algo que al flaco le gusta es exagerar. Con los resultados a la vista queda claro que no lo dejó ni a sol ni a sombra. Tomó la tarea tan en serio que en un cuaderno anotó horario de salida, apertura y cierre del puesto de diarios donde trabajaba Ceballos, recepción de los periódicos, cronometró el armado del sector revistas y la cantidad de cafés y cinzanos bebidos en el bar.  A Ceballos los años supieron acorralarlo, posiblemente hasta le jugaron con trampa. La lesión por el accidente se había agravado con el paso del tiempo, ya no era una cojera leve, ahora parecía doblegarlo al punto de necesitar, algunos días, un bastón. Este era el hombre buscado, el único capaz de batir el parche con sentimiento. Dos semanas antes del carnaval pusimos en marcha la ...