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Aquel que siguió sin piedad sus obsesiones más intensas, por Daniel Weber

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En noviembre se cumplieron 30 años de la muerte de Federico Fellini. Cuando se estrenó La dolce vita , en 1960, lo escupieron en la cara, una mujer elegante lo maldijo deseándole “morir ahogado en el mar con una piedra atada al cuello” ; se sumaron escándalos, condenas y acusaciones de todo tipo. Los chupacirios de todas partes aborrecieron la película, y maldijeron a Fellini como a un sátrapa pagano, destructor de la familia.  Pero Federico, nacido sobre el mar, en la provinciana Rímini, que aparece funambulesca en muchos de sus filmes, pero sobre todo en Amarcord , ya tenía toda una trayectoria antes de La dolce vita . A los 20 años huyó a Roma en pleno auge del fascismo; trabajó como periodista, guionista, ilustrador, y estuvo junto a Rosellini en la creación del neorrealismo italiano. En sus primeros trabajos ya asomaban los temas obsesivos: el circo, la religiosidad, las relaciones humanas, la pareja, la seducción. Pero de toda esa pléyade de grandes directores, que fueron sus...

Benjamin Péret, el eléctrico ardor del poeta armado

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Vivir en la Colina, por Christian Kupchik

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  En Mora, Dalarna, vivía una mujer a quien se conocía como la Colina. En un pequeño bolsillo ubicado junto a su pecho izquierdo, habitaba el pintor Zorn. Pintaba unos cuadros minúsculos, diminutas acuarelas. También acostumbraba a grabar unas imágenes aún más pequeñas sobre chapas de cobre. Se sentía feliz al pintar aguas inquietas, la luz del sol y verdes apasionados, así como cuando grababa niños y despreocupadas mujeres que solo pertenecían al agua y al verde. Hacía calor allí, entre los pliegues de piel donde vivía y, en ocasiones, secaba el sudor de las suaves paredes con trapos enormes y multicolores. Un día, la Colina murió debido a una falla cardíaca. Siempre es lamentable que una exuberancia tan floreciente y un calor tan protector sean perecederos. Con los últimos y horribles golpes de su corazón, la mujer arrojó a Zorn al mundo. Y Zorn encontró que todo cuanto lo rodeaba, superficies de metal, ladrillo y cemento, todos los chirridos, los gritos fríos y resonantes formab...

Unicorn Wars | Semana de Sitges

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  Un campamento de ositos amorosos se entrena para una posible batalla contra los unicornios. Dos hermanos, uno entrañable y el otro desalmado, forman parte de este peculiar ejército, al que envían al frente en una peligrosa misión. La nueva película de Alberto Vázquez es una feliz locura, que mezcla la fantasía con lo bélico y que aboca iconos de la ternura al terreno de la oscuridad. “La película española más sorprendente del año no solo aprovecha las pautas del cine de guerra para subvertir la imagen de lo bondadoso, sino que da la vuelta a la idea de un cine de dibujos animados. La película evidencia muchas ideas de la cultura pop que a menudo han estado enterradas entre líneas, como una concepción queer de los aparentemente asexuados personajes de cierta animación. (…) Unicorn Wars saca esta oscuridad del subtexto y la sitúa en un primer plano para hablar de algo tan humano como la maldad y su reverso”. (Violeta Kovacsics, Cinemanía). (91’; DCP). Unicorn Wars (España/Francia, ...

El agua rueda, por Rubén de León

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El agua rueda sobre el río- concepto que no es el mismo porque nunca lo ha sido. Rueda debajo un ruido.  No es el agua que canta ni tintiniar de espuelas ni el sonar de campanas. No es susurros de niños. Es fluir  encriptado donde la luz no llega. El rodar va arrastrando cascotes devenidos  esferoides o formas oblongas. El baqueano del fuego dice haber escuchado el aullar de las hojas los grititos del pasto  las articulaciones de las ramas  quebrarse. Las pesadillas de los pájaros. El pueblo clama al río aparecido. El fuego se le viene al humo. Rubén De León  

En la soledad del camino de los árboles, por Juan Carlos Capurro

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  Uno nunca sabe lo que le espera cuando concurre a una cena. La frustración nace de las expectativas, siempre desmesuradas. Al menos en mi caso. Vivo idealizando a las personas.   En aquel verano de 1980, asistí a una cena, invitado por dos hermanas, voluntarias de la Cruz Roja de París. Simpáticas, a la manera parisina. Prometían todo. Una de ellas me gustó mucho. Imaginé su inteligencia. O mejor dicho, la establecí en mi corazón: alguien solidario y altruista no puede ser sino un ser maravilloso. Un alma gemela. Una amiga en perspectiva. Un amor latente. La otra hermana, generosa también, sonriente, más distante, concurrió con su nuevo novio. Un médico afgano muy afable. La composición orgánica de la reunión me colocaba como pareja natural de la hermana restante. Eso fue lo que creí, con mi narcisismo de argentino peinado a la gomina de un tango que ya nadie baila. Pero no adelantemos.  La cena comenzó con unas empanaditas muy gauchas. Sentí que había algo de la patria...

La figurita, por Marcelo Rubio

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  Esta historia termina con una cámara de fotos y un hombre en camiseta dando la espalda a la tribuna vacía. Después de la muerte de mi tío Humberto, su biblioteca permaneció cerrada por diez años. Elvira, la esposa, solía decir que ese cuarto era el templo sagrado de Humberto. Cumplidos ya mis veinte años logré el permiso para abrir aquella puerta y conocer el sitio místico. Discos de jazz y música clásica habían esperado todo este tiempo en una de las paredes. El resto estaban ocupadas por libros de política, economía, filosofía, ficción, novelas. Sobre el escritorio había quedado una hoja membretada. Bajo las iniciales H.R. se podía leer “Estimado Dr. Antonio Zúñiga”. Vacié el cajón central y encontré un abrecartas, el sello de mi tío y un álbum de figuritas “Estrellas del fútbol Argentino, 1975”. No pude evitar sonreír, el viejo había sido un intelectual brillante pero con diversiones de pibe. En el 75 él tenía más de cuarenta años. En el interior del álbum había un sobre...