Estrella del oriente Blog

El sueño del mandarín maravilloso y las alfombras voladoras.

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jueves, 9 de julio de 2020

El extranjero, por Novalis



Estrella del Oriente festeja el cumpleaños de nuestro querido Pedro Roth, con poesía, que es -también- un puente entre magos. Por las aventuras recorridas, por el futuro líquido que vendrá, el que Pedro aguarda con paciencia de niño que confía en la luna y en los charcos.


El extranjero

Dedicado a la señora B. R von Ch

 

Estás cansado, extranjero, cansado y frío,

no te acostumbras a este Cielo. Soplan vientos más cálidos

que en tu patria, y más libre

respiraba antes el pecho joven.

 

¿No se desplegaba la primavera eterna en el campo calmo

la vida abigarrada? ¿No tensaba allí la paz

sus hilos firmes? ¿Y no florecía

para siempre lo que brotó en otro tiempo?

 

Es una busca inútil, porque ya se hundió

esa tierra celestial. No hay mortal que conozca

el sendero, inaccesible para siempre,

cubierto por el mar.

 

De tu pueblo fueron pocos los que resistieron

el arrebato de la mares; se dispersaron

por el mundo y esperan

el tiempo mejor del reencuentro.

 

Te pido que me sigas, fue quizás un buen destino

el que te trajo; están aquí los amigos de la patria

y ellos mismos y en silencio

celebran una fiesta íntima.

 

Evidente te parece esa intimidad tan suya del corazón.

 

Irradia cada rostro una luz clara,

inocencia y amor

igual que antes en la patria.

 

Más luminosa es tu mirada, la tarde pasa rápida,

parece casi uno de esos sueños amables,

porque la charla la anima

y el corazón se deshace en el Bien.

 

El extranjero está aquí, lo vemos. Se siente

desterrado de la misma tierra que ustedes

le tocaron horas de sombra.

Fue temprano el ocaso de su día felíz.

 

Pero no se aleja de la compañía de los suyos:

Celebra la fiesta de la alegría más doméstica;

lo hechiza la primavera fresca

que florece donde están sus padres.

 

Que vuelva a celebrarse hoy esa fiesta

antes de que lloremos porque la madre se fue

y por senderos nocturnos siga

al guía que la lleva a la patria.

 

Que no mengüe el hechizo que nos mantiene unidos.

Y que también los que están lejos

sientan el gozo y caminen juntos

el mismo camino.

 

Es el deseo del huésped, pero a ustedes

les habla el poeta, porque calla

cuando está contento, y anhela

la visita de los que quiere y están lejos.

 

Sean amables con el extranjero;

pocas alegrías le están reservadas en este mundo

rodeado de los amigos, espera paciente

el gran día de su nacimiento.

 

 

Novalis

22 de enero de 1797


*Ilustración: José Suárez


sábado, 4 de julio de 2020

Historias de Encierro: "Te voy a matar", por Silvia Dasso





Decidí aceptar la invitación de Jazmín; la tartaranieta de Felicitas Guerrero asesinada por su amante el 29 de enero de 1872.

Había sido el primer femicidio producido en la aristocracia argentina.

Hacía mucho que no nos veíamos y por un amigo en común, Manu Santamarina, volvimos a contactarnos.

Yo venía mal, muy contrariada, con permanentes dolores de cabeza y sensible por demás a todo lo que me pasaba.

Hasta hace poco fui hipocondríaca y con estados de ánimo muy variables. El MSD lo define como "trastorno bipolar".

Además de practicar yoga y hacer terapia dos veces por semana tomaba 4 gotas de Clonazepan diarias recetadas por mi psiquiatra. Mis avances eran muy lentos pero estaba esperanzada.

Nunca quería que llegue la noche. Le temía a mis pesadillas. Eran sumamente angustiantes y siempre me encontraban peleando por mi vida.

Mi lugar de trabajo fue el Ministerio de Relaciones Exteriores. Había entrado por concurso. La idea era estar unos años y después renunciar. Me pagaban bien y había formado un equipo de profesionales que era el orgullo del Cónsul. Estaba tan fascinado con nosotros que todos los viernes nos invitaba a un "After Office" por San Telmo pero lo mejor llegaba cuando Paul, su pareja, lo venía a buscar.

La cuenta "gastos de representación" era exclusiva para nuestro uso y siempre abierta para lo que quisiéramos consumir. Sólo tenía que firmar. Por razones obvias yo era la que menos tomaba.

Me alegró saber que a Jazmín la vería pronto. No tenía idea qué celebraba; si es que había algo para celebrar.

Me mandó a decir por Manu que la fiesta era el jueves y que la consigna, con respecto a la ropa, era de estricto "code black".

El lugar; la casona de siempre, en Alvear abajo.

Ir a la fiesta de negro me pareció genial porque todo mi placard con piyama incluido coincidían con el código elegido.

Enseguida tuve claro qué me iba a poner: pantalón de cuero negro, remerita ajustada y mi campera preferida de flecos.

Igual, quise estrenarme algo. Pensé en zapatos. Puse mi tarjeta de crédito en la mochila y antes de entrar al trabajo iría por ellos. Sabía que tipo de tacos quería. Los vi en la vidriera y entré. Elegí unos estiletos negros con suela colorada. Estaban buenísimos. Hoy los sigo usando con jean.

Mi objetivo era seducir a Manu y esos tacos iban a ayudar.

Manu me gustaba; era descontracturado, inteligente y con un humor sarcástico que a mí me divertía.

Después del trabajo volví a casa feliz y dejé la bolsa sobre el lado de mi cama que usaba poco.

Dos días antes de la fiesta volvieron mis jaquecas. Igual me comunique con Manu para arreglar la hora. Dijo que venía con la moto y con una sorpresa. Yo prefería que pase en auto para no llegar despeinada y traté de convencerlo.

- No, voy en moto.

- Ok. Vos andá en moto y yo voy en mi auto. Nos vemos allá.

- No, voy en moto hasta tu casa, la dejo en el garage y vamos en auto. A las 10 estoy por ahí.

Ese martes me acosté temprano. Volví a tener pesadillas. Otra vez las mismas obsesiones.

El miércoles la pasé igual. A la tarde, en mi oficina, nos comunicaron que jueves y viernes no se trabajaba por "desinfección". ¡Bingo! ¡Nada de qué preocuparme!.

Al llegar a casa me empecé a sentir rara. Sólo me saqué los zapatos y me tiré en el sillón. Traté de tranquilizarme pero estaba re- paranoica. Transpiraba y mi cabeza estallaba. No sabía si ir a la guardia o llamar a la doctora. Por algo no había querido cambiarme de ropa. No hice ninguna de las dos cosas.

Ya había oscurecido. Me empecé a asustar. Mi capacidad para percibir me había puesto en estado de alerta. Me acordé de una frase de Freud que me sonó a sentencia: " la sombra del objeto ha caído sobre el yo".

Mi respiración y mi ritmo cardíaco se aceleraron. Llamé a mi terapeuta y no la encontré. Intenté con Manu y tampoco.

Descontrolada, decidí ducharme. Fui al baño y cuando abrí la canilla sonó el timbre. Sin preguntar abrí.

Era Manu. Me abalancé sobre él y a los gritos le dije: ¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar!

Manu tiró el bolso que traía, retrocedió y no me quitaba su vista de encima. Supongo que estaría chequeando si tenía un arma o algo para lastimarlo.

Enseguida entendió que no era con él. Yo seguía gritando ¡te voy a matar!.

Me agarró fuerte y me llevó al baño. Se sacó las zapatillas y se metió en la ducha conmigo. Había tanto vapor que casi no nos reconocíamos. Me abrazaba y no paraba de decirme: ya pasa, ya pasa...

Los dos estábamos vestidos.

Al rato fui abriendo los ojos y con el agua sobre mi nuca apenas pude decirle: ¡creo que los maté!

Había vomitado. En la boca tenía un aliento espantoso.

Manu me ayudó a desvestirme; me acercó el toallón y el secador de pelo.

- Quiero lavarme los dientes pero se me acabó el dentífrico.

- Espera, me voy a fijar en el bolso.

- ¿Frutilla o tutti frutti? Lo miré asombrada.

- Son muestras gratis, me las regalaron en el gimnasio.

- Frutilla, le dije. Con dificultad fui hasta mi cama y me acosté. Antes me ayudó a ponerme el piyama.

- Ya vengo. Agarró el bolso y volvió al baño.

Apareció en boxer y remera negra.¡ Tal para cual! Me dije.

Sobre la cama vio la bolsa de zapatos.

- ¿Puedo verlos?

- No.

- Dale, miro uno solo.

Con una sonrisa asentí. Sacó el izquierdo y gritó:

- Ah bueno. Quiero que sea jueves ya!!!! Volví a sonreír.

Me puse de costado. Manu haciéndose cucharita se acercó y apoyó su brazo derecho sobre mi pecho.

Me fui tranquilizando. Me sentía a salvo.

Recuerdo que antes de dormirme me dio un beso en el hombro y con un vao a tutti frutti me susurro

Hoy, en esta cama, se duerme!!


Silvia Dasso


*Ilustración: ZEN, fotografía color, toma directa, edición 1/5, Fabiana Barreda


martes, 30 de junio de 2020

Tres poemas en llovizna, por Néstor Tellechea


Ph Francis Hannaway

documento

 

dos o tres cosas

o mejor una sola

fui temblor de agua

 

 

*

 

cualquiera

 

del sol

de la ciudad

lo que quedó

 

paciencia

 

arriesgarse

 

volver

a decir

escribiendo

nada más

que la verdad

 

tibieza

estaba por hablarte

y me asustaron

 

*

 

La violencia es como la poesía, no se corrige.

No puedes cambiar el viaje de una navaja

ni la imagen del atardecer imperfecto para siempre.

 

Entre estos árboles que he inventado

y que no son árboles

estoy yo.

 

 

Néstor Tellechea

 

Vuelo bajo (2020)

Cabeza Negra editorial

martes, 23 de junio de 2020

Apuntes sobre una espera: “La piedra de la locura”, por Diego Rojas


La extracción de la piedra de la locura, El Bosco


Pensamientos, experiencias, ilusiones y temores en la antesala de un trasplante

 


Dijo:

 

-A ver, vos. ¿Cuál era el segundo nombre de mi perro cuando yo tenía dieciséis años?

 

La mirada fija y el silencio gigante. Un hombre mayor y una mujer mayor, interrogados por un hombre que ya pasó el umbral de los 40 y cuyas manos se encuentran atadas a tubos de metal.

 

-Ey, vos, contestáme -insistió nervioso el más joven.

 

 

El mayor arriesgó:

 

-¿Inti?

 

-Sí, pero pregunté por el segundo nombre -respondió veloz.

 

-Wenceslao…

 

El hombre de las manos atadas se dio vuelta contra la pared todo lo que pudo y se hundió en el silencio. “Estos están bien entrenados”, pensó.

 

...........................................

 

Uno de los primeros encuentros con mis padres en el lugar que yo denominaba una cárcel clandestina y ellos un sanatorio tuvo este tenor. Al despertar del coma inducido en terapia intensiva, estaba tomado por la desesperación y mi mente había concluido, paranoide, que todo se trataba de una gran puesta en escena para secuestrarme y callarme. Dos días después, química mediante, había regresado a un estado regular, no sin dejar de pensar que había caminado por las cornisas de la locura.

 

¿Pero qué es ese miedo y pavor que despierta y crece en el pensamiento de sus víctimas -o amigos-?

 

“Maestro, quítame pronto esta piedra” es la frase en letras doradas que encabeza la temprana pintura de El Bosco Extracción de la piedra de la locura, de 1501. La pieza anticipa el coro de monstruos y criaturas de la obra posterior del holandés (que Pier Paolo Pasolini, el ¡genio! de Pier Paolo Pasolini, llevó al mundo de los sueños en Decamerón) y se centra en un episodio narrativo convertido en una pintura perturbadora.

 

Un médico trepana un cráneo, es decir, con un bisturí escarba en la piel y los huesos de la cabeza del paciente mientras es observado por un cura y una mujer de una impavidez superlativa. Sin embargo, lo más tremendo se juega en las miradas. Aquel demente a quien en el medioevo quiere curar buscando piedras en su cerebro mira ¿pidiendo auxilio? al espectador. El espectador mira la desesperación en los ojos del trepanado. ¿Esto es real? ¿Está pasando? ¿Estoy loco “Maestro quítame pronto esta piedra”? Si hay principio de realidad, se es como el resto de los humanos. Si no, una piedra se alojará en lo profundo del cerebro.

 

Macabro, ¿no? Cada año aparecen obras fílmicas y editoriales cuyo protagonista es un “demente” que acosa y mata a los “normales”. (Los surrealistas reivindicaban la locura como un acto de rebeldía frente a la estructura social cristalizada. Sin embargo, habría que ver qué hubiera hecho Breton frente a Norman Bates en su hotel. Yo creo que hubiera podido alcanzarme en mi carrera escapatoria).

 

Luego de salir de terapia intensiva fui trasladado a terapia intermedia, donde el tratamiento médico del Hospital Alemán es muy bueno. Necesito un trasplante de hígado. Estoy alejado del ala de internación que da a Pueyrredón. Esa es un ala prohibida. Un ala casi secreta en donde son atendidos los enfermos de Covid-19.

 

Además de películas pasatistas de bajo presupuesto también hay muchas de gran calidad y terror. Un caso extrañísimo para el país es Maratón de la muerte, dirigido por John Schlesinger con Sir Laurence Olivier, Roy Scheider y Dustin Hoffman como protagonistas. Fue estrenada en 1976. Es decir, mil novecientos setenta y seis. Maratón de la muerte es un espejo deformado de la política represiva de Perón, Isabelita y López Rega. Levy (Hoffman) es un estudiante especializado en tiranías contemporáneas. Una serie de circunstancias hace que el Dr. Szell (Olivier), una especie de Mengele, señale que Levy es un agente del gobierno. Y entonces -ESCUCHEN POR DIOS SANTO- empieza a torturarlo con un torno de dentista. Sí, la peor de las pesadillas: dentistas fascistas torturadores. Escuchen el sonido del torno, figúrense cómo el metal se posa ex profeso sobre un diente sano. Desmáyense.

 

Bueno, y pasa en 1976, en paralelo a las torturas del régimen en la Argentina. Pero dentistas y fascistas: ¿quién lo hubiera pensado?

 

Los locos estaban de moda. Un año antes, en 1975, se estrenaba Atrapado sin salida, de Milos Forman, con Jack Nicholson y Danny de Vito, entre otros. Ganó cinco Oscars, entre ellos la primera estatuilla que ganó Nicholson, quien interpreta a un delincuente que se las arregla para cumplir su pena en un manicomio que, claro, termina revolucionado por él.

 

Sin embargo, la producción que más me gusta en este subgénero es Sólo vine a hablar por teléfono, un cuento de Gabriel García Márquez incluido en la compilación Doce cuentos peregrinos. Si leer Cien años de soledad cuando era muy chico me hizo leer con sorpresa, varios años después esto se repetiría con García Márquez y estos textos en los que, por ejemplo, una mujer baja del ómnibus, se acerca a un teléfono público y ve cómo el chofer que la debe llevar parte sin ella. Está en la puerta de un manicomio. El resto lo pueden imaginar, pero mejor lean.

 

....................................

 

Yo despertaba de un coma, dos personas idénticas a mis padres se hacían pasar por ellos; no sabía dónde estaba ni por qué había sido secuestrado quién sabe por quién. Ese hombre y esa mujer eran iguales a mis padres y habían sido bien entrenados: sabían todo de mí.

 

Pero yo estaba loco.

 

Un hombre y mujer mayores tratan de establecer contacto con otro hombre más joven, parecido a ellos. “Wenceslao”, pronuncia el hombre mayor y el más joven se da vuelta hacia la pared todo lo que puede, todo lo que le permiten las manos atadas a tubos de metal a los costados de la cama.

 

Un hombre de anteojos, con guardapolvo blanco, ingresó.

 

-Quiero que tomen esto con la mayor tranquilidad -dijo-. Lamentablemente no hay alternativa y debemos hacerlo lo más rápido posible. Es que la vida de Diego depende de esto: hay que realizar de manera urgente el trasplante.

 

 

 Diego Rojas


*Publicado en Infobae Cultura, 12/06/2020

lunes, 15 de junio de 2020

Rodin, por Pedro Roth




Argentina de belle époque tenía una relación personal con el maestro de la modernidad, porque hasta ahí los poderosos podían acompañar la contemporaneidad.

Miguel Cané fue el agregado cultural argentino en Francia, encargó la estatua de Sarmiento a Rodin. Errazuriz le encarga la chimenea de su residencia “La Muerte del Poeta”.

Tenemos esculturas de alumnos, la estatua ecuestre de Alvear, el arquero, el minotauro de Bourdelle, etc. De esta corriente vienen los maestros de la escultura Argentina: Vitullo, Curatela Manes, Yrurtia.

El gobierno francés le encarga a Rodin la puerta del infierno -que se adentra en un proceso que le cambia la cabeza al artista-. Trabaja en esta obra más de una década y llega a la nada, a una gran abstracción final. Un espacio en blanco, un relieve que no representa. Despeja el espacio para el futuro, propone un blanco que se adelanta para dar lugar a las vanguardias, de lo que vendrá. Lo exhibe en la exposición internacional de París, junto con la torre Eiffel.

Ese futuro que vaticinaban los artistas recién llegó con la tragedia de la Primera Guerra Mundial.

Nadie quiere firmar su acta de defunción, la clase terrateniente tampoco.

La vanguardia es el clavo del féretro de la clase alta, los nazis distorsionaron la cabeza de los vanguardistas y los comunistas también. Los que no aceptaron estas condiciones tuvieron que emigrar. Nuestros represores vernáculos fueron buenos alumnos.

Los modernistas, expresionistas, constructivistas, surrealistas no encajaban en las políticas autoritarias. Los exiliados a EE.UU., tampoco. 

El expresionismo abstracto interfirió con el blanco que dejo Rodin.

En el museo de Pittsburgh está la Puerta del Infierno comprada por Carnegie y Mellon. Una obra armada de los descartes que quedaron de lo que Rodin eliminó para llegar a la síntesis. Este pizarrón en negro fue sobre lo que se plasmó en el arte del siglo veinte.

Nuestro Pensador de la Plaza Congreso es parte de esta puerta, bienvenidos al infierno. Todo final contiene una promesa, una mancha es una hoja final de un capitulo o de un volumen. Estrella del Oriente ofrece un blanco, una tinta, úsenlo para escribir sus propias historias.

Acuérdense que esto viene de aquí. 
Como dice Federico Manuel Peralta Ramos, a mí me gusta acá.

El blanco que ofrece el Coronavirus parece que no será aprovechado, esto profundizará la brecha entre el arte y la vida que quedarán de este lado y la política y los poderosos que estarán en frente. 
Como siempre.

Pedro Roth






viernes, 12 de junio de 2020

Esta es la historia de un hombre, una luna, tres dudas y un espejo, por María Negro


Llama, Juan Carlos Capurro

Esta es la historia de un hombre, una luna, tres dudas y un espejo.

El hombre es ruso. Ha nacido en la agonía del siglo XIX de una Rusia convulsa. Papá y mamá resuelven separarse y al hombre, entonces niño, lo cría su abuela. Lo alimenta, le inculca la lectura y las ciencias. El hombre, que aún no era hombre, llega a la tierna edad de su adolescencia, a ese estadío intenso de confusiones y desasosiego, cuando el mundo se pone a la altura de sus circunstancias y estalla en tantas guerras como le es posible. Por supuesto que el hombre, que ahora sí es empujado al sustantivo hombre, es obligado (reclutado, se dice en este idioma) a ser parte de las tropas del Zar en esa Primera Guerra que no fue la última.

La guerra es compleja de adjetivar. Se lleva con su existencia las posibilidades de ser dicha, tal vez por eso Celine tomó cientos de páginas para poder abarcar la palabra guerra, y que esta tuviese algún significado más cercano a la acción, al verbo, que a un simple hilo de letras.

Allí, en ese espacio inadjetivable de la historia, el hombre descansa en la trinchera. El sonido de la muerte en la noche, lo acompaña. Relámpagos de finitud total apenas iluminan el cielo. Nada le permite ser un niño, nada de eso que lo rodea, tangible e inmediato.

Nuestra primera duda ha sido disparada. Tal vez el hombre, permitámos suponer ya que las biografías se detienen pocas veces en lo importante, sintió en su cuerpo aún niño, confuso y desconcertado, la necesidad de escapar de esa ausencia de palabras, de esa ausencia de humanidad, de esa ausencia absoluta y por eso miró el cielo nocturno y sin nubes. O tal vez el hombre, aún niño confuso y desconcertado, cerró los ojos ante el dolor, alzó la visión (diferencia entre sustantivo y verbo, poeta) hacia el cielo nocturno y sin nubes. Ya sea por la poesía, o por la necesidad, que son la misma cosa en su centro, el hombre miró al cielo y en el cielo había una única luna iluminando todo. Una luna redonda y despareja, la misma que miramos o ignoramos en este tiempo, colgada de la nada como el ojo del cielo.

El hombre tomo un lápiz y un papel. Colocó en una punta del papel un breve círculo, y otro más pequeño en la punta espejada. Nuestra segunda duda nace en este momento. Dos círculos, breves y espejados, aparecen como ilógicos e innecesarios en ese río de gritos y líquidos que lo rodeaban. Pero el hombre no dudó, y entre ambos círculos compuso una delicada cinta de moebius y algunas fórmulas, y algunos detalles, absurdos; pero a que culpar al hombre cuando la historia arrastra los mismos significados para los cuerpos acumulados en la tierra de la que el hombre quiere escapar.

Oleksandr Ignatyevich Shargei sobrevive a todas las muertes. La Revolución Bolchevique derroca al Zar y Oleksandr teme por su vida. Ha defendido al Zar, lo sabe. Lo que no sabe es que ha contraído tifus en las trincheras, tampoco sabe que los bolcheviques no lo buscan para matarlo. No lo sospecha como razón válida cuando una enfermera revolucionaria lo encuentra en la frontera, intentando escapar, y le salva la vida. Sus amigos lo protegen, lo esconden de esas otras batallas feroces que ocurren en ese pedazo enorme de mundo que es la Rusia entera, territorio donde otra historia intenta alumbrarse. Oleksandr recupera su salud, sus dibujos de círculos breves, moebius y fórmulas, y resuelve que es momento de volver a la vida pública. Para este tiempo de nuestro relato, han pasado algunos años y muchas cosas en su patria. Al mejor estilo de cualquier policial, Oleksandr toma la identidad de un señor que ya no camina entre los vivos, y se bautiza Yuri Kondratyuk. Mismo rostro, misma voz, mismas manos, mismos ojos, otro nombre.

Oleksandr (a quien llamaremos Yuri de ahora en más, para respetar su identidad secreta) es un hombre muy valorado por la comunidad científica. En criollo, la comunidad científica eran amigos (viejos y nuevos) de Yuri, que consultaban y trabajaban con este hombre, como se consulta y se trabaja con los genios.

Yuri comienza a elaborar grandes trabajos escritos sobre ingeniería, funda con estos amigos suyos una Sociedad para el estudio de los viajes interplanetarios, y evita (curiosa forma de trabajar el ego) ser reconocido por esto. Sabe que es un físico y un ingeniero real, tanto como un impostor en su condición de ciudadano.

Como ocurre en todos los cuentos de hadas, las vicisitudes de Yuri se transforman. Construye, en la Rusia ya de Stalin y escasa de materiales, un granero de 13 mil toneladas con UN solo clavo. A veces, diría mi abuela, la calidad tan alta del milagro de los santos no es creíble y uno desconfía. No seré yo quien diga que esto fue lo que pensó Stalin, pero la historia no me deja mentir, ese granero sostenido por un solo clavo (y que se mantuvo en pie hasta 1990 donde fue demolido) fue la causa por la cual el gobierno lo acusara de “agitador, saboteador y antisoviético” y el hombre fue a parar tres años al Gulag como Yuri, no como Oleksandr.

En 1970, treinta años después de su muerte, el Estado ruso diría que todo había sido una confusión, pero eso ya no le importaba a Yuri, a Oleksandr, y tampoco a nosotros.

Tenemos a Yuri preso, a unos papeles de círculos breves, moebius, fórmulas y nuestra tercera duda crece inevitable. El hombre, este hombre de dos nombres y apellidos, de posiciones controversiales y capacidades inauditas de análisis matemáticos, ¿qué ve cuando se mira al espejo? ¿Cómo se encuentra a sí mismo el alma que pasa tan poco tiempo en la vida que toda la medida posible del movimiento es nada más que huir de la muerte? Cuando llora, ¿Llora Oleksandr? Cuando siente placer, ¿Gime Yuri? ¿Quién es el heterónimo? ¿Quién el niño absorbido por los cuentos de su abuela en un campo hostil que en el recuerdo es el abrigo absoluto? ¿Quién ama de los dos, cuando ama?

Neil Armstrong pisó la superficie lunar el  20 de julio de 1969. Si pudo alunizar y volver para contarlo fue por la obra y gracia de dos círculos breves, un dibujo de moebius y unas fórmulas garabateadas en una trinchera por el hombre de dos nombres. Un amigo de un amigo de un amigo alcanzó la fórmula de Oleksandr a los ingenieros que preparaban el Apolo 11, mientras se rompían la cabeza contra la pared para ver cómo lograban que el pequeño cohete pudiese con todas las maniobras necesarias para el Big Day. No era cosa de llegar al satélite deseado, sino de poder bajar en él, y arrancar de nuevo para contarnos cómo se había sentido el asunto.

Oleksandr imaginó, en un apretado papel, en una más apretada trinchera de la Primera Guerra Mundial, en un apretado momento histórico, en un apretado significante de la palabra vida, la posibilidad de llegar a la luna, besarla, y vivir para contarlo.

Yuri murió en el frente de batalla de la Segunda Guerra, sin ganas de morirse, como se mueren todos los soldados.

Oleksandr vive en la posibilidad de que comprendamos que la belleza está íntegra en lo que nos rodea, sobre todo en la batalla, como la solución a un acertijo que a veces se nos muestra tan cerca que se vuelve invisible hasta que ella -espejo del tiempo que llamamos luna, en el evangelio según Borges- nos mira de frente, nos señala nuestros muchos nombres, nos reconoce ínfimos, nos ampara como imprescindibles.

 

María Negro


domingo, 7 de junio de 2020

El escritor es su alimento literario, por Augusto Monterroso


Yo creo que sí, yo creo que al escritor toda experiencia lo enriquece. A propósito de esto, pues, contaría una anécdota. Hace doce o quince años fui invitado a dar unas conferencias en la Universidad de Michigan & Harvard, en Estados Unidos. Yo nunca había sido invitado a dar conferencias ni en la Universidad de Michigan ni en ninguna otra Universidad y, por una especie de locura, acepté. Fui a pedir la visa a la Embajada de los Estados Unidos, me la dieron y me dirigí a Michigan. Allí, afortunadamente, yo llevaba un poco de miedo o mucho, todo por esa experiencia nueva, de cómo la iba yo a manejar. Afortunadamente, al llegar al aeropuerto de Detroit, las autoridades me detuvieron, no me dejaron pasar, vieron un libro, debe de haber habido un error muy grave de la seguridad en la Embajada de los Estados Unidos en México. Así que, de cualquier manera, me habían dado la visa, llegué yo allí, me apartaron y me detuvieron durante… primero, unos minutos, en que trataron de interrogarme sobre mis ideas, ¿un cenicero?, me dijo: “¿Cuáles son sus ideas, señor fulano?”, y yo les dije: “Señor, lo invito a oír las conferencias que voy a dar en la Universidad de Michigan desde mañana, para que usted oiga mis ideas, a eso he venido”. Eso le hizo montar en cólera, como se decía en las novelas antes, y empezó a acusarme de comunista; de que yo era un comunista y por acá y por allá.

Pero ésa es una parte de la anécdota; la otra es la que responde mejor a lo que Pedro Sorela me estaba preguntando, y es que las autoridades estaban, pues, alarmadas con lo que estaba pasando, las autoridades no de este monstruo, sino las autoridades de la Universidad que me había invitado. Entonces la Srta. Weaver, Miss Weaver, me llamaba por teléfono al aeropuerto a decirme: “Profesor Monterroso, todo se está arreglando ya, ya estamos hablando con Washington, ya se va arreglar su caso”. Y yo, internamente, estaba feliz porque ya no iba a dar las conferencias; yo tenía un miedo espantoso y temía verdaderamente que se fuera a arreglar. Tres cuartos de hora después, Miss Weaver llamaba al aeropuerto y me decía: “No se preocupe, profesor, ya esto se está arreglando, ya hablamos con nuestro Senador en Washington y él ya está arreglando eso”. Y así durante las cinco horas que estuve detenido, Miss Weaver y otras autoridades llamaban constantemente para tranquilizarme. Por una parte, a medida que pasaba el tiempo, como yo les dije antes, yo me tranquilizaba, porque ya no iba a darlas. Pero, por otra parte, yo les decía a ellos: “Miss Weaver, no se preocupe”.

De estas experiencias es de lo que vive un escritor. Si a un escritor no le pasa nada, pues tampoco va a tener qué contar. Pero escribir eso, ella la veía un poco como la amenaza de que yo iba a contar eso en toda la prensa, y no, yo sencillamente estaba pensando en tranquilizarla, en el sentido de que cualquier cosa que le pase a un escritor es su alimento, mientras que no sea la muerte. Pero la cárcel, y tenemos aquí el ejemplo maravilloso de Cervantes, el cautiverio, las aventuras, ser empleado que recoge granos o que cobra impuestos por todos los campos de España. Todo eso que algunos críticos y biógrafos dicen: “¡Pobre Cervantes! Iba por allá” es precisamente lo que enriqueció a Cervantes, lo que lo hizo cada vez más humano y pensaba yo en eso cuando usted me decía de si hay algo popular en lo mío. Desgraciadamente no, pero pensaba yo en Cervantes. Como él, por fuerza de las circunstancias había recorrido tanto pueblo y conocido a tanta gente y oído tantas cosas, que eso enriqueció inmensamente su obra.

Cervantes viajaba por una razón. Nosotros viajamos por otras, y eso lo vas almacenando y lo vas convirtiendo en algo tuyo, quizá en una página, en un cuento, en un ensayo, o en lo que sea. Si eso responde a tu pregunta… Si uno está enlazado al lugar donde vive, ya sea para bien o para mal, por exilio o invitación, o por homenajes, o por todo eso, la experiencia te enriquece. Cada una de esas experiencias enriquece nuestra obra al ser transformada en arte.

Augusto Monterroso

La Semana de Autor sobre Augusto Monterroso
Madrid, 18 al 21 de noviembre de 1991
[Transcripción]

Extraido de Calle del Orco, 26/11/2014