Los bordes de la tormenta, por Gastón Ribba
El primer capítulo de Pepe Sánchez fue publicado en la edición de El Tony Supercolor de diciembre de 1975. Los simpáticos dibujos de Carlos Vogt y el tono satírico montado sobre el éxito de las películas de James Bond apenas suavizaban la filosa pluma de Robin Wood. Paraguayo trotamundos, hijo de australianos socialistas utópicos, merecedores de la etiqueta "libertaria" que ha usurpado esta manga de langostas. Sánchez era un agente doble cero por los dos aplazos recibidos en la academia de espías y el único título que exhibía con orgullo era el de hincha de Chacarita Juniors, el mejor de todos, el que nunca faltaba a un partido así cayeran ojivas nucleares de punta. Pepe salvaba el mundo en los ratos libres que le permitía su conchabo en una playa de estacionamiento porque en él todavía quedaban algunas cosas importantes: su vieja. sus hermanos, su sobrino, un par de amigos y una tracalada de tíos atorrantes como el que se dedicaba a cultivar cardos en Paso de los Libres y otro que fabricaba gomeras. Fue un escritor enorme el australiano del Paraguay: hay más literatura en una página de Nippur Gilgamesh o Pepe Sánchez que en muchas universidades y así lo saludé cuando murió. Cada personaje de Pepe Sánchez se ríe de la tragedia de la existencia y están cementados entre sí por cariños inverosímiles e irracionales, abundan los viejos y las viejas adorables y taimados al mismo tiempo, el tiempo de descuento. La vejez tarda muy poco en llegar y para los que no logran la suerte de una muerte rápida e indolora es un partido irremontable que no termina nunca. De esto saben mucho los hinchas de Chacarita, Excursionistas, Los Andes, Alem de Villa Nueva y ponga aquí el pequeño club de sus amores. El martilleo del segundero en los huesos y en los sesos, tres golpes abajo, sin piernas y sin aire. Cuando vi la convocatoria de una facción de los hinchas de Chacarita para servir de escudos humanos entre los palos del régimen y las osamentas de los jubilados hambreados, enfermos e iracundos pensé en Pepe Sánchez, en el gólem que seis de cada diez pusieron en la Rosada y en Argentino Geronazzo. Es un acto de justicia poética que el club donde atajaba el presidente sea el primero en poner el pecho, en hacer eso que no hacen los representantes, partidos, gremios o sindicatos. Eso que habría hecho Pepe Sánchez o Argentino Geronazzo, el que armó el único equipo de Chacarita que salió campeón con otro técnico porque el viejo tenía pocas pulgas y cuando algo no le gustaba se iba. Una vez cuando dirigía a Gimnasia y Esgrima de La Plata la hichada fue a la puerta del vestuario. Bueno, muchachos, la única alternativa consiste en salir y cagarlos a palos antes que entren y nos hagan lo mismo. Salieron. La convocatoria para la marcha de jubilados del miércoles próximo cuenta ya con más de treinta hinchadas, con los clubes más grandes empujados por la vergüenza, agrupaciones de motoqueros, metaleros y otras tribus y colectivos. Ayer conté en otra red que los ladrones de Roma protegían a mujeres, niños y viejos y hacían colectas para el herido que ya no podían robar. En ese esfuerzo las bandas dejaban de lado su rivalidad, la competencia por territorios y los colores de las banderas con que se identificaban durante las fiestas santas, ocasiones en que las milicias no los perseguían y les otorgaban salvoconductos para la asistencia a los templos. La autopsia oficial de Gene Hackman dice que murió a los noventa y cinco años de un paro cardíaco entre las nieblas del Alzheimer y con el estómago vacío una semana después que falleciera su esposa, la única persona que lo acompañaba y cuidaba, por una infección de Hantavirus. Gene Hackman fue un enorme actor y sabía morir como pocos. En Los Imperdonables su sheriff sádico y cobarde, tan viejo como el pistolero que lo mata, enfrenta la muerte con perplejidad y tristeza: no me merezco esto, estoy construyendo una casa. Las últimas palabras que escuchó aquel personaje fueron: esto no tiene nada que ver con tu mérito. Todos somos ateos hasta el umbral de la unidad de cuidados intensivos y jóvenes hasta que nos agachamos y sentimos el tirón. Hasta que nos sentamos frente al teclado y las ideas ya no fluyen y la memoria ya no alcanza. Hasta que la pregunta sobre si hemos hecho méritos para la soledad se transforma en un martilleo. Echaron a patadas en el culo a la Bullrich y a la Petri del barrial en Bahía Blanca. Las tormentas no mienten.
Gastón Ribba
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