Las manos de la ciega, por Felisberto Hernández

I Hace mucho tiempo y en una mañana de sol, conocí a Olga: tenía nueve años y era ciega. En el cordón de la vereda de su casa, y a la sombra de un paraíso, había un banco de hierro en el que ella estaba sentada. Mientras su cabeza estaba levantada, y por la posición, parecía que los ojos miraban para enfrente ―donde había una casa que tenía un cartelito de alquiler; y como no la alquilaba nadie siempre estaban cerradas sus puertas y sus ventanas― y mientras el cuerpecito de Olga estaba un poco rígido, toda mi atención se iba a sus manos, que jugaban por un bastón y a veces descansaban en el mango. II Cuando su madre ―que era muy pobre― le trajo una cajita de plantillas, las manos de Olga dejaron el bastón en el banco y la tomó. Después que la madre le acomodó un rebocito que tenía sobre los hombros y se fue, las manos de Olga registraron la cajita y encontraron tres plantillas; y después de comer cada bocado, sus manos volvían a guardar la plantilla mo...